
Apagó el televisor. Se volteó hacia el costado izquierdo para abrir el cajón del velador y sacar de allí un pequeño cuaderno. Leyó largo rato, pero seguramente no más de cuatro páginas, pues los dedos pulgar e índice de su mano derecha los tenía fijados en la esquina inferior de una misma hoja, la cual constantemente pasaba de un lado a otro. Estaba realmente absorta, con los labios contraídos y el entrecejo fruncido; sus ojos eran dos imanes acuosos que luchaban por arrancar las letras del papel. Soltó la bendita esquina y repasó con el dedo índice de esa mano un par de líneas que leyó con detenimiento. Su rostro era un verdadero signo de interrogación. Un grito proveniente de la planta baja la regresó a la realidad: era su madre que la llamaba para cenar. Cerró el cuaderno, lo guardó en el cajón y se echó a dormir.
No era todavía medianoche cuando despertó. Después de mirar torpemente a su alrededor agarró un abrigo y salió de la habitación. Al cerrar la puerta de la casa no tuvo cuidado de hacerlo con suavidad, por lo que el golpe lo escucharon varios vecinos; pero, en cambio, no despertó a sus propios padres. Caminó varias cuadras por las calles húmedas, contemplando impávida la ciudad como si fuera de día. De cuando en cuando pisaba algún charco sucio, pero sus zapatos deportivos ocultaban el hecho a su atención. Llegó hasta una enorme casa en donde se escuchaba música a alto volumen. Varias personas se hallaban conversando en el portal e incluso en la vereda, jóvenes igual que ella. Se dirigió al primero que la saludó:
—Hola. ¿Está César?
—Sí, adentro.
Ingresó abriéndose paso por entre los diferentes obstáculos: borrachos en corro que confesaban penas o cachos, muebles movidos de su respectivo lugar, parejas intercambiando emociones y saliva, botellas vacías, latas, papeles y vómitos. Le ofrecieron un trago al paso, pero ella lo rechazó amablemente. Llegó al patio posterior, donde la gente estaba un poco más decente. Antes de recorrer el lugar —el patio era grande— lo buscó con la mirada. El humo de cigarrillo le obstaculizaba la operación. No vio más que un par de caras conocidas y nada más. Caminó lentamente tratando de no incomodar a las personas con su inquisidora mirada, pero ese par de imanes inquietaba hasta al más distraído. Por fin lo vio arrimado en una esquina, conversando con unos amigos. Antes de que ella se resolviera a ir hasta allá, él notó su presencia y, excusándose con los que lo acompañaban, fue a su encuentro.
—¡Hola! Pensé que no vendrías —le dijo mientras la abrazaba.
—¡No, qué va! Es que estaba un poco cansada y me dormí un rato.
—¿Quieres algo de tomar?
—No todavía.
La miró un segundo con una sonrisa apenas perceptible. Luego le dijo:
—Vamos un rato afuera que aquí hace mucho ruido.
—Bueno.
Caminaron juntos en dirección a la puerta principal. Durante el trayecto alguno lo detuvo para decirle una frase que bien tendría sentido en el hilo de una conversación completa, pero que dicha así, de pasada, y en el vehículo inconfundible del aliento alcohólico, no pudo más que arrancar una corta risa a César mientras reanudaba el paso.
Ya en la vereda, que en esos pocos minutos se había despejado un poco —la falta de trago empuja a los fiesteros a abastecerse sin demora—, se pusieron a charlar más fluidamente, aunque con más ánimo él que ella.
Era una noche sin luna. La calle toda se iluminaba por efecto de los faroles que se hallaban a lo largo. Los carros que se veían parqueados eran casi todos nuevos; en el interior de alguno se adivinaba la silueta de dos amantes, de esos que se profesan amor efectivo; y en otro, un dormilón —seguramente chofer— jugaba a recoger la cabeza que se le caía por un costado. En la casa de enfrente se distinguía fácilmente un televisor de pantalla gigante, en que un muchacho se retorcía de la risa viendo algún dibujo animado; luego se escuchó un grito sordo e inmediatamente la disminución progresiva del volumen hasta que casi no se oyó nada. Desde el fondo de la calle, cargada con una mochila de cuero vieja y un par de librotes bajo el brazo, venía caminando una flaca desgarbada, arrastrando los pies, incapaz de acelerar el paso o de cambiar el tosco semblante, en el que los enormes lentes no ocultaban ni por poco las ojeras malvas convertidas en manchas. El ruido cercano de una alarma interrumpió por un rato la conversación. Después se reanudó:
—¿Y qué más pues? Te noto algo retraída.
—No, así mismo soy. No te preocupes.
—¿Te están gustando las clases hasta ahora?
—Sí, todo está muy bien. Ojalá todo continúe igual.
—Me imaginaba, aunque te lo pregunté más que nada por la gente del aula, porque yo sé que tú eres inteligente y que te las arreglas con facilidad con cualquier materia y profesor. Eso de ser estudiante nuevo no siempre es sencillo, por eso te invité a mi fiesta, para que socializaras un poco, para que fueras conociendo mejor a mis amigos.
—Te lo agradezco mucho —dijo, y luego se quedó callada.
—¿Volvemos adentro? —dijo César, a la par que apuntaba, tanto con la mano libre como con la que sujetaba una botella, hacia el interior de la casa.
—Sí, vamos.
Minutos después se habría de producir en ese mismo lugar una pelea entre dos borrachines, alegándose cada uno el derecho para emitir el último juicio sobre fútbol y política. La flaca ojerosa llegaría a su hogar, donde la comida fría le aseguraría las fuerzas para seguir jodiendo su vida al día siguiente. El muchacho apagaría definitivamente el televisor, entre sollozos y quejidos. La amante abandonaría el carro de su hombre dando un fuerte portazo, porque insistía en extender el preludio de ese concierto pasional, sin haber siquiera tocado las notas exactas para hacerla vibrar. Y el portazo despertaría al pobre chofer, quien acostumbrado a los golpes de la vida se volvería a dormir sin más sobresaltos.
Ya se encontraba con el grupo de amigos de César, pero se mostraba mucho más callada que cuando estaba afuera. Él procuraba mirarla con una sonrisa franca, a lo que ella contestaba lo mejor que podía: con una sonrisa un poco forzada y esa mirada atrayente.
Ojos inmensos, inmensos y negros, negros como los mismos imanes y como esa noche sin luna. Ventanas opacas a un alma insondable, llena de deseos que nadie conocía y que, sin embargo, luchaban por verse prontamente satisfechos. Ojos que llaman.
Mientras los amigos se ocupaban en llenar sus vasos, César se acercó a ella y le dijo en voz baja:
—¿Estás segura de que no te pasa nada?
—Sí —dijo, y reprimió el florecer de una sonrisa con un gesto dulce.
Y la mirada...
—Me doy cuenta de que no te gusta mucho esto de las bebidas alcohólicas, y el olor a cigarrillo parece que también te afecta. Sabes qué: mejor vamos arriba, que allá no hay tanta bulla ni nada.
—Bueno.
En verdad todo era más tranquilo en la planta alta. Ni hedores ni ruidos de ningún tipo. Y al igual que lo que observó abajo, allí también brillaba la opulencia en la construcción y en las decoraciones. La condujo por un largo pasillo hasta su alcoba. Abrió la puerta mientras decía:
—Éste es mi cuarto.
Y ella, tras ingresar y quedarse parada en medio de la habitación, dio una vueltita —chistosa por los pies— mientras miraba alrededor.
—Es muy bonito.
—Lo decoré —continuó, dando un paso apenas hacia el interior— con las pinturas de un amigo mío. Como ves todas retratan temas campesinos, porque es lo que más le gusta hacer. Él hace constantes viajes al campo para observar la vida de las personas de allá, y ellas permiten no sólo que las vea sino que se entere de todo lo que les sucede. El resultado son cuadros dotados de un mayor realismo que...
Y la mirada...
Ella no había dicho palabra alguna mientras César hablaba, y su rostro no daba signos remotos de estar prestando atención. Más extrañado que antes le preguntó:
—¿Qué ocurre?
Pero ella no respondió.
—¿No vas a decirme nada? —dijo. Su rostro ya no ocultaba el desconcierto.
Después de un largo rato, en que ella no hizo más que llevarse los labios para adentro, como chupándoselos, susurró:
—No.
César se volteó ligeramente para agarrar con su mano la chapa de la puerta. Era como si estuviera apoyándose, cansado de quién sabe qué fuerte actividad.
—¿Y por qué no?
Y fue entonces cuando brotó: la maldita sonrisa, que por creerse superior a cualquier atributo había dejado sin compañía a la mirada, se dibujó en el rostro de la muchacha con todo su esplendor; no menos atrayente que aquélla, y en cambio, de un rojo encendido, jugoso y brutal, que terminó por arrebatar a César la cordura que había logrado conservar.
—Porque te deseo.
Con menos prisa de la que parecía tener cuando ingresó a la alcoba, César cerró la puerta tras de sí. Y abajo el canto asqueroso de los ebrios. Y en el patio los primeros caídos. Y afuera la noche oscura, fría y tranquila que se negaba a terminar.